El país necesita a alguien que no tenga que ver con el sistema educativo para poder tomar las decisiones audaces que hay que tomar, para hacer los cambios profundos que son necesarios”.
“En 1979, mi mamá, mis tías, mis primas (que son educadoras),
Dice que había una gran masa de profesores que estaban deseando el cambio y se queja de unos “gremios de educadores opuestos a todo lo que se pueda hacer”. Cuenta, además, con que habrá más protestas: “Pero el antagonismo siempre es saludable. La gente tiene miedo a que haya voces disidentes. A nosotros nos hace bien, porque así validas tu capacidad”.
Tampoco se echó para atrás cuando en su entorno le desaconsejaron el oficio del periodismo —“No tienes un apellido, no tienes el físico para la televisión”, le decían—; se fue a estudiar a Chile, hizo un máster en España y fue escalando en una profesión que ha ejercido en varios países.
De hecho, habla todo el tiempo de los periodistas en primera persona del plural, aunque ahora ejerza, “contenta”, de ministra; este cargo le trajo la semana pasada a Madrid para preparar la Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y el VI Congreso Internacional de la Lengua Española que se celebrarán en octubre en Panamá.
La mañana de esta entrevista acusa el cansancio y se levanta con hambre, que combate con huevos revueltos, jamón serrano y queso, acompañados con un par de capuchinos. Y explica aquello de que el Gobierno le ha dado “una visión distinta del periodismo”, que a los informadores les (nos, ella se incluye) falta a veces “juicio autocrítico”. “Una sociedad sin prensa libre no funciona, lo que pasa es que tenemos que darle al ejercicio profesional la profundidad que merece. No es que yo llego y desbarato a mi entrevistado y le saco un titular espectacular —y vendo mucho y mantengo los rating—; es que tengo que llegar al fondo de lo que tengo delante”.
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